Cuando pienso en mi etapa como nadadora en el CAR, lo primero que me viene a la mente no son solo las medallas ni las competiciones, sino las horas interminables en la piscina, los entrenamientos a primera hora de la mañana, la búsqueda incansable de la perfección en cada brazada. Era un proceso exigente, a veces duro, pero siempre con un objetivo claro: mejorar.
En el deporte de élite aprendí que no existe un “ya está bien”. Siempre hay algo que se puede ajustar: una salida más rápida, una llegada más precisa, un giro más limpio. Y con el tiempo comprendí que esa mentalidad no solo servía dentro del agua, sino también fuera de ella.
Del entrenamiento al mensaje
Hoy, en el mundo de la comunicación, sigo aplicando la misma filosofía. Comunicar también es entrenar. No basta con hacer un buen post en redes, enviar un boletín o preparar un cartel atractivo. La comunicación requiere disciplina, constancia y la capacidad de revisar y mejorar una y otra vez. Igual que en el deporte, siempre hay margen para hacerlo mejor.
He aprendido a asumir responsabilidades cuando algo no ha salido como esperaba. En la piscina, si una carrera no funcionaba, no buscaba excusas: analizaba, corregía y volvía a intentarlo. En comunicación ocurre lo mismo. Cuando un mensaje no conecta, cuando una campaña no alcanza el impacto deseado, lo más fácil sería señalar factores externos. Pero lo realmente transformador es parar, mirar hacia dentro y preguntarse: ¿qué puedo hacer mejor?

La mejora continua como filosofía
Esa búsqueda constante de mejora es la que me mueve. Porque tanto en el deporte como en la comunicación, lo que marca la diferencia no es la perfección inmediata, sino la capacidad de evolucionar, de crecer un poco más cada día.
Y ahí está la magia: en descubrir que la comunicación no es improvisación ni suerte, sino entrenamiento. Requiere preparación, visión, estrategia y, sobre todo, la voluntad de no conformarse nunca. Como en el deporte, lo importante no es únicamente la meta, sino el camino: el esfuerzo diario, la disciplina y la pasión por mejorar.
Hoy miro atrás y me doy cuenta de que el deporte me enseñó mucho más que a nadar rápido. Me enseñó a escuchar, a observar, a corregir y a seguir adelante. Y esa misma mirada es la que aplico ahora a la comunicación: entrenar cada día para que los mensajes lleguen más claros, más humanos y más inspiradores.
Porque comunicar, igual que entrenar, es un viaje infinito hacia la excelencia.






